cereal1

Cuando era niña, los sábados eran el día que esperaba con más ganas en toda la semana. Era el único día que tenía la oportunidad de levantarme a la hora que quisiera, servirme cereal y ver caricaturas por televisión.

Me levantaba muy temprano si pasaban algo interesante, o muy tarde si pasaban repeticiones (aunque había repeticiones por las que valía la pena levantarse a las 6 de la mañana). Pero el sábado de caricaturas no estaba completo si no había cereal de por medio: Choco Krispis, Fruity Pebbles, Zucaritas, Capitán Crunch, Cheerios, Count Chocula, Corn Pops… hasta el Crusli de mi mamá servía como buen acompañamiento para las horas que pasaba junto a mi hermana frente al televisor viendo todas las caricaturas que la programación de televisión abierta nos pudiera obsequiar.

Sin la necesidad de quitarme el pijama, me ponía la armadura de Caballero del Zodiaco (siempre la de Ikki de Fénix, obviamente), me convertía en el Niño de Cobre de los Halcones Galácticos, portaba el karategi del Gato Karateca, me echaba un clavado en la piscina de monedas en la mansión de Rico McPato o me transformaba en (lo que hasta entonces yo no sabía que era) un estereotipo italiano y me unía a la pandilla de Don Gato.

Adelante con la función
Adelante con la función

Servíamos de uno o dos cereales al mismo tiempo en envases de crema de medio litro porque les cabía mucho más que a los verdaderos tazones de cereal de Los Picapiedra y Los Supersónicos que teníamos, a veces con mucha leche a veces casi secos. Otras veces sólo comíamos el cereal directo de la caja hasta que no quedaba una sola pieza, esperando, entre el ansia y el nerviosismo de saber que algo malo habíamos hecho, la hora en que llegara mi madre del trabajo para darse cuenta de que nos habíamos terminado una caja que debía haber durado un mes. Ese regaño ya se había vuelto parte normal de cada sábado, así como la amenaza de no volver a comprar nuestros cereales favoritos y la posterior reconciliación justo antes de que comenzara la Pantera Rosa y esas viejas caricaturas de Walt Disney que pasaban en el 5 a la hora de lo que en mi casa era la comida-cena.

No recuerdo un solo sábado en toda mi niñez en el que no hubiera visto caricaturas, y no recuerdo un mejor acompañamiento para ellas que un buen bonche de cereal. Ahora que soy una mujer adulta con deberes y obligaciones (y con trabajo los sábados) se me dificulta levantarme a la hora que me gustaría para ver caricaturas pero, aún hoy, sigue siendo uno de los placeres más sencillos pero más significativos en mi vida ver dibujos animados con un tazón rebosando de cereal cualquier día y sin importar horarios.

Es por eso que quiero compartir éste gusto y éste placer con ustedes, mis amigos covachos, dándole espacio cada sábado (tazón de cereal en mano) a las caricaturas que tantos buenos ratos nos dieron, o como diría Fenomenoide “nos pudrieron el cerebro”, así como a las que justo ahora nos lo siguen haciendo.

Los amigos del fin de semana
Los amigos del fin de semana

¿Cuál era la caricatura por la que te madrugabas los sábados? ¿Cuál no podías esperar a ver en la tarde después de la escuela? ¿Cuál te desvelas viendo ahora en Netflix? ¡Dinos en los comentarios y desde la próxima semana sigue esta nueva columna de Brenda “Tripas” Dumas en La Covacha!

Acerca del autor

Brenda Dumas

Tapatía triunfando en la gran ciudad. Sólo quiere ver sangre. http://www.twitter.com/tripasdegato
Comentarios