Vivimos en una nueva era dorada de los cuentitos, de los pepines, de la historieta mexicana. Hace mucho tiempo que no veíamos tanta producción nacional, y definitivamente hace muchos, muchos años que “el cómic mexicano” no salía de un pequeño ghetto de conocedores.  Hoy sólo hace falta darse una vuelta por tu red social de confianza para ver que cualquiera de tus contactos, esos que no son ñoños y que no distinguen a Marvel de DC (como Jeff Goldblum), comparten algún cómic de manufactura nacional. Como debe ser, con amor a la patria.

EL CÓMIC EN MÉXICO

Desde lo más clásico, como las tiras de Jours de papier (Días de papel, para aquellos que no hablan la lengua de Voltaire, que se pronuncia voltier) hasta cosas que se parecen más a la infografía o divulgación como Pictoline, nuestras redes sociales están inundadas de cómic nacional y no es de extrañar, en México el cómic tiene raíces histórico-sociales muy profundas.

Para nuestra cultura, el cómic es algo que va más allá de las modas de las urbes en turno, sean Europa o Estados Unidos. La caricatura o el cartón político tienen una presencia muy importante en la formación de nuestra nación, tanto en la época pre-revolucionaria y porfirista como en la revolución, las duras críticas políticas que sufría Madero por parte de algunos cartonistas son incluso un tema histórico, e incluso uno de nuestros pilares artísticos, José Guadalupe Posada, fue monero.

Producción nacional.

LA ERA DE ORO

Al igual que nuestros vecinos del norte, el cómic ha servido como fuente de inspiración para otros medios. Varias novelas de Televisa están basadas en la obra de Yolanda Vargas Duche, de Editoriales Recreativas y eventualmente Editorial Vid, publicadas en revistas como “Lágrimas y risas”, generalmente de corte melodramático.

Muchas propiedades intelectuales de la historieta mexicana son tan del conocimiento y la imaginación popular como los personajes más emblemáticos de los emporios mediáticos transnacionales: Kaliman, Chanoc, El Pantera y el ahora políticamente incorrecto Memin Pinguin persisten en la memoria colectiva de nuestra sociedad.

Cuentitos como “La familia Burrón” son para la generación tan emblemáticas para una generación como las historias del Pato Donald. Por eso Carlos Monsiváis se preocupó de crearles un espacio donde se pudiera exhibir como la obra artística que es.

No podemos hablar de historieta y cartón político sin mencionar a la gente de El Chamuco. Rius, El Fisgón, Hernández y compañía son piedra fundacional de todo aquel que se llame de “izquierdas”. Independientemente si creciste y maduraste lo suficiente para darte cuenta que mucho de lo que decían estaba medio bobo, ese grupo de moneros ya dejó su huella en la cultura nacional. Especialmente el recientemente difunto Rius, quien tiene el respeto de ese ser mítico, el monero de derechas Paco Calderon.

La Familia Burrón representaba la sociedad de sus tiempos.

LA ERA OSCURA

Desde inicios de los ’90 y hasta el inicio de esta etapa de webcómic (que yo señalaría con la aparición de Bunsen), la historieta nacional se desarrolló en un ghetto, eclipsado por sus contrapartes americanas y niponas. Había producción pero era difícil hablar de ella porque no era de fácil acceso. Sin embargo obras como Micro, Buba u Operación Bolívar tienen un peso en la mente colectiva de la nación como Kaliman o Jours de Papier.

Fueron épocas oscuras para el medio mexicano, no por falta de calidad, que la tenían, simplemente por estar a la sombra y periferia de industrias mucho más grandes, con más dinero y producción. Pero esos tiempos oscuros han terminado.

La etapa que sólo recordamos los más clavados.

LA ERA DIGITAL

Es tal la simbiosis entre el mexicano y la historieta que no me extrañó para nada que el público nacional recibiera con los brazos abiertos las nuevas propuestas de los autores. Al contrario y en retrospectiva, se me hace raro que tardáramos tanto en zanjar la brecha.

A diferencia de muchos con una background similar al mío, que crecimos durante la Era Oscura, yo no veo con desdén el tipo de cómic que se produce actualmente en México. Para mí, Pictoline es el nieto que Rius merecía. Eduardo Salles está siguiendo los pasos del maestro, claro, con su contexto temporal bien establecido y no haciendo una mala imitación de tiempos que ya no son o que tal vez nunca existieron. Así como Rius entendía a que público le estaba hablando, también Salles sabe a qué coro le está predicando.

Tampoco me molesta que la mayoría de cómics nuevos sean en el formato “slice of life”, como Betinorama o el mencionado Jours, pequeños gags sobre cosas de la vida cotidiana y personal de sus autores. Si eso es lo que sinceramente quieren decir, que digan eso. Y definitivamente eso es lo que el público quiere ver. Historias de la vida cotidiana, que los reflejen a ellos mismos.

Eso es lo que más me emociona de esta nueva era dorada del cómic mexicano, que por fin podemos ver a nuestra sociedad (bueno, a un pedacito de esta) a través de sus productos, sin que esté la mano de algún monopolio político/económico detrás. Por lo menos aún no.

Pictoline es el heredero del tal Rius.

EL NUEVO PEPÍN

¿Qué lectura social podemos hacer usando los webcomics, ese nuevo pepin digital? ¿Qué nos dice esta marea de producciones nacionales sobre nosotros mismos? O por lo menos de aquellos que tenemos acceso a dichas producciones, no es una diferencia banal, aunque muchos de estos cómics son gratuitos requieres de acceso a internet y un aparato electrónico para verlos, cosas que aunque nos duela admitirlo nos ponen a cierto nivel de privilegios que muchos de nuestros compatriotas no tienen.

La proliferación de este contenido nos habla de una sociedad que buscaba un espejo en el cual verse reflejada, no grandes panfletos ideológicos como los que la gente del Chamucho o Paco Calderón ya nos proporcionan. Simplemente un espejo para vernos como seres humanos, consumidores, ciudadanos en un mundo global. Esa es la espina dorsal de casi todos los webcómics nacionales.

Algunos lo hacen de forma más obvia y directa, con tiras cómicas donde ellos mismos son los personajes, otros le agregan elementos sobrenaturales o fantasiosos como The Mountain With Teeth, pero todos se esmeran en hablar del individuo y su humanidad, en oposición a historias más profundas en temas político-sociales-económicos, como podrían ser las obras de Edgar Clement o aquellas que tratan de inventar el superhéroe mexicano, como Living with The Shine!.

El gran público busca verse reflejado en los nuevos cómics.

EL FUTURO

Los webcómics mexicanos regularmente no hablan de nuestras raíces indígenas, ni de nuestra cultura colonizada/colonial o la violencia en el país. Esto quizá podría ser una falla, y estoy muy seguro que muchos ahí afuera lo señalarán como tal, pero tal vez todo eso ya está hecho. Si tiras una piedra es más probable que le pegues a alguien rumiando sobre el estado del país que a un perro callejero… ¿pero gente produciendo con sinceridad obras de ficción sobre nosotros mismos?, eso era algo que estábamos esperando y ni siquiera lo sabíamos.

Espero que en 10 años podamos voltear a ver y estudiar esta nueva etapa, y decir cosas como “hablemos de Jorge Pinto y su Bunsen como uno de los iniciadores” (Called it!, van a tener que darme crédito, you bastarda).

También espero que los intentos de alejarse un poco de las dadivas gubernamentales y fomentar una producción privada aunque sea a base del aún no muy confiable crowdfunding, den paso a algo más estable y algún día podamos decir que ya existe una INDUSTRIA nacional. Y que poco a poco otras industrias empiecen a usarla como los gringos, los europeos y los japoneses hacen con las suyas, como fuente de inspiración.

Así la vida.


 

Acerca del autor

César Castañón

| Simpático muchacho originario de la ciudad imaginaria de Campoche. Inicia su travesía por el mundo del webcómic y orgulloso fundador de La Covacha. https://www.facebook.com/CesarCastanonDwarf/
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