The Vision: El androide que lloró

(o la insoportable pesadez de la artificialidad)

En 1968, el autor estadounidense Philip K. Dick publicó una novela que se convirtió en un clásico de la literatura de ciencia ficción: ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Dentro de la historia, Rick Deckard, el personaje principal, y Phil Resch, ambos cazadores de los llamados andys, visitan una exposición de Edvard Munch, donde por supuesto se encuentra la obra más reconocida del pintor noruego, El grito. “Creo que así es como un andy debe sentirse”, le dice Phil a Rick al ver el cuadro.

En noviembre de 2015, 47 años después, salió a la luz el primer número de Vision, con historia de Tom King, arte de Gabriel Hernández Walta y Jordie Bellaire y portadas de Mike del Mundo. Desde sus inicios, el ongoing tuvo críticas positivas, tanto por su trama como por sus elementos visuales.

La premisa básica de éste parece simple: Vision, quien ha salvado a la humanidad 37 veces junto a los Avengers, sigue el ejemplo de Ultron, su creador, y fabrica su propia familia sintezoide, con el fin de vivir una vida más normal.

Sin embargo, las ansias de Vision por encajar dentro de los convencionalismos humanos no son nuevas. En la última página del Avengers #58 (1963) escrito por Roy Thomas, se encuentra una de las viñetas más recordadas de la época plateada de Marvel, donde vemos al sintezoide, en ese entonces dibujado por John Buscema, llorando y con una leyenda a un lado: Even androids can cry. Hasta los androides lloran.

Esto nos lleva de vuelta a la novela de Dick, en donde una de las ideas principales es el retiro, por no decir exterminación, de los androides que buscan hacerse pasar por seres humanos para vivir en la tierra. El comentario que hace Phil a Rick mientras ven El grito es bastante revelador si se parte desde el hecho de que ellos, como seres humanos, visualizan a los androides como seres sin alma ni sentimientos o emociones que puedan generar empatía hacia ellos.

Con el paso de los años, el vengador se ha caracterizado por ser uno de los personajes más sensibles y vulnerables del Universo Marvel, especialmente a partir de su relación con Wanda Maximoff, la mutante mejor conocida como Scarlet Witch. La pareja ha vivido uno de los romances más apasionados y tórridos de la historia del cómic y fue a partir de una de sus rupturas, la más reciente, que el sintezoide decidió construir a su propia familia.

Motivado principalmente por los múltiples intentos fracasados de mantener a su lado a Wanda, el amor de su vida, y tener hijos con ella, Vision se aprovecha del último regalo que la mutante le hace, una gema con los patrones cerebrales de ésta, para dar vida a quien debería ser la esposa perfecta, Virginia, hecha básicamente a su imagen y semejanza pero con la inestable mentalidad de Scarlet Witch.

Asimismo se fabrica dos hijos, Viv y Vin. Juntos viven en los suburbios de Fairfax, y todo parece perfecto: los niños asisten a la escuela, Virginia se queda en casa a realizar las labores el hogar, Vision provee a la casa y continúa salvando al mundo y se siente bastante satisfecho de su creación, especialmente porque son ellos su camino hacia una existencia más humana.

Empero, es bien sabido que cualquiera puede negar una y cien veces más sus raíces, pero jamás podrá deshacerse de ellas realmente, por lo que, a pesar de los constantes esfuerzos del superhéroe para conservar su máscara de ser humano normal, las cosas terminan saliendo terriblemente mal para él y su familia.

Es curioso cómo funciona el dilema de la identidad en Vision: A diferencia de otros superhéroes, la identidad del vengador no es dual per se. A ojos de todos, Peter Parker es sólo un chico fotógrafo con mala suerte mientras no está usando su traje de Spider-Man, y cuando es el amigable vecino arácnido, muy pocas personas saben que debajo de esa máscara roja está Peter, y entendemos que tiene que ser así por la necesidad del personaje de protegerse a sí mismo y a aquellos que lo rodean.

Este no es el caso de Vision: tenga o no la capa puesta, el vengador sigue respondiendo al mismo nombre y continúa teniendo ese aspecto robótico. Sin embargo, el androide siente la necesidad de utilizar una especie de máscara simbólica no para salvar al mundo, sino para parecer más humano ante su entorno. ¿Y que hay más humano que la familia, el núcleo primigenio de la sociedad, con sus relaciones de amor, principios y valores?

¿Por qué un androide, cuya composición es sintética, y que a ojos humanos no necesita de relaciones afectivas, se empeña tanto en parecer humano? Creo que la respuesta se encuentra en dos vertientes: el sentido de pertenencia y las concepciones de alma y espíritu.

De acuerdo con diversas definiciones, el sentido de pertenencia deriva de la satisfacción que siente un individuo por ser parte de un grupo, lo cual genera a su vez que éste dedique parte de su tiempo a buscar y realizar acciones que ayuden a mejorarlo y propicien bienestar a todos los miembros para así mantener un equilibrio en la comunidad. El sentido de pertenencia contribuye también a proporcionar identidad y seguridad al individuo, quien es un ser gregario por naturaleza.

Desde sus inicios en los Vengadores, a Vision le ha costado trabajo sentirse parte del equipo. Es como si él tuviera que esforzarse el doble que sus compañeros para ser aceptado por la comunidad como un héroe, no sólo por provenir de un villano, sino por su carácter androide, causándole también que le sea aún más difícil relacionarse fuera del núcleo de los superhéroes, razón por la cual, cuando Wanda se enamora de él, Vision llega incluso al punto de la obsesión por no separarse de ella, a pesar de que se causan daño estando juntos, ya que al lado de la mutante, él se siente más que un simple sintezoide, se siente más humano.

Pero ¿cómo es que un ser sintético puede llegar a sentir algo que nos parece tan exclusivo de la naturaleza humana como es el amor, especialmente si este androide no tiene alma ni espíritu? De acuerdo con algunos autores contemporáneos como Jaspers y Ortega y Gasset, el alma se concibe como la sede de los actos emotivos mientras que el espíritu es donde residen los actos racionales. Así pues, ambos elementos son inherentes sólo a la condición biológicamente humana pero no a la sintética.

En 1995 se estrenó la cinta de animación japonesa Ghost in the Shell, donde se presenta el concepto de la posthumanidad y la cercana relación de ésta con la tecnología teniendo como uno de sus principales objetivos, el acceso al conocimiento a través de los distintos flujos infinitos de información que existen. En dicha película, la protagonista, Motoko Kusanagi, es un cyborg casi en totalidad, ya que su cerebro y su médula, su fantasma (alma), siguen siendo humanos.

Vision, por su parte, fue creado desde el cuerpo de la Antorcha Humana original (Jim Hammond) y con las pautas cerebrales de Simon William Dackloss, el Hombre Maravilla. Es capaz de imitar de manera virtual toda función orgánica de una persona, incluida la capacidad de pensar por sí mismo y la autoconciencia. Al igual que la protagonista de Ghost in the Shell, existe algo de humano dentro de su robótica coraza. ¿Es acaso esta característica lo que les permite a estas inteligencias artificiales tener alma y espíritu?

A diferencia de los animales, cuyos cuerpos están diseñados para primordialmente sobrevivir a su entorno y reproducirse, los seres humanos nos hemos inclinado más por el desarrollo de nuestra capacidad mental, lo cual nos ha permitido crear herramientas que optimicen nuestro paso por la tierra, no sólo en el plano físico, sino también en el emocional, el cual suponemos, es lo que nos pone un paso delante de otras especies.

Quizá, al ser el amor y el raciocinio las capacidades más humanas en las que podemos creer, nos causa miedo pensar que un ser artificial reproduzca de manera aparentemente fácil dichas conductas, siendo esta la razón por la cual existe un rechazo de nosotros a nuestra propia creación. Sin embargo, desde ya hace algún tiempo parece que hemos ido perdiendo ambos elementos en la liquidez de la posmodernidad y nos hemos convertido poco a poco en seres más superficiales que un androide.

En el fondo, tal vez lo que verdaderamente nos cause temor de los androides es que, a medida que nosotros nos vamos deshumanizando cada vez más, ellos nos van superando para convertirse en mejores seres humanos que nosotros mismos pero, ¿no es a final de cuentas una de las búsquedas más antiguas del ser humano, ser mejor que aquello que nos antecedió?

Texto publicado originalmente en Froji.mx