Algunas películas se convierten en marcadores de algo importante, momentos decisivos que solo pueden apreciarse años después de su estreno. Fernando Méndez’s 1957 El Vampiro es una de esas películas, una historia clásica de vampiros que sale de Transilvania hacia el campo mexicano y todas sus idiosincrasias. Marcó el inicio del auge del cine de terror mexicano en los años 60, una década que dio a los aficionados obras maestras futuras del género como El Esqueleto de la Señora Morales, El Libro de Piedra, y El Espejo de la Bruja.
En cuanto a elegir una película para dar inicio a la temporada de Halloween, no hay nada mejor que El Vampiro.

La película sigue a Marta (Ariadna Welter), una mujer que regresa a la hacienda familiar tras recibir la noticia de que una de sus tías está gravemente enferma. En la estación del tren Sierra Negra se le une un desconocido, un hombre llamado Enrique (Abel Salazar, también productor de la película). Una vez en la hacienda Los Sicamoros, Marta se enter..a de la muerte de su tía. También se sorprende por la notable apariencia física de su segunda tía (interpretada por Carmen Montejo), quien supuestamente sería mucho mayor de lo que parece.
Después de enterarse de que la tía enferma ha fallecido, Marta se entera rápidamente de que un caballero quiere comprar la hacienda. Entra el Conde Duval (Germán Robles), el vampiro titular. La película se abre con él en un patio, esperando a su próxima víctima para que caiga la noche y se exponga a una pequeña pérdida de sangre.
A pesar de lucir el conjunto clásico de esmoquin y capa, el Conde Duval destaca por no ser una copia de la icónica versión del vampiro de Bela Lugosi en Drácula de 1931. Lo mismo ocurre con la historia. Mientras que la versión de Universal del monstruo se mantiene más cercana a la fuente literaria, aunque de forma suelta, la de México opta por una historia original que apenas evoca la creación de Bram Stoker. Esto le da al Conde Duval una identidad propia, una que responde al panorama cultural en el que se ha insertado (se revela que originalmente es de Hungría).
Así, la hacienda se vuelve un símbolo contundente de poder que remite a la historia colonial de México. No es un simple sustituto del castillo de Drácula ni de la Carfax Abbey (el lugar que compra en Londres). En su lugar, es el objeto de deseo.

Duval demuestra más interés en ser terrateniente que en cortejar a la dama protagonista. Si acaso, ella es un medio para un fin, una parte del diseño general. No hay cruces de océanos de tiempo para encontrar el amor aquí. Poseer un control físico sobre toda una región parece ser el camino hacia la felicidad eterna para este chupasangre.
La música de Gustavo César Carrión es un punto alto y se acopla bien con los temas de El Vampiro. Es atronadora y oscura, construyendo una sensación de fatalidad que va en aumento. Imbuye a la película de un sentido de consecuencia que realza la presencia del vampiro. Suena a algo que disfrutaría la Parca, una lúgubre oda a la muerte.
El Vampiro representa una forma de oscuridad distinta, que pertenece a su propia tradición de cine de género. Como tal, te hará querer adentrarte más en la legendaria producción de terror de México para apreciar con mayor detalle las especificidades de su marca de miedo. Incluso podría convertir tu maratón de Halloween en una educación sobre el cine de terror mexicano. Si así es, te alegrarás de haberlo hecho.
